Natalia Dicenta

NATALIA DICENTA

natalia-dicenta-hires-08
Me enamoré del teatro porque me encantaba disfrazarme.

Y me enamoré del Jazz porque me encantaba Fred Astaire.

Escuché los primeros aplausos dentro del vientre de mi madre Lola, que estuvo saliendo a escena hasta los ocho meses de embarazo, con una faja para “disimularme”. Y yo, toda apretujada allí dentro, estaba deseando salir y ver qué era todo aquel jaleo.

Desde que supe mantenerme en pié, contaba historias a quien me quisiera escuchar. Aprendía de memoria los diálogos y las canciones de la tele (me sabía entera La Verbena de la Paloma). Y, después, representaba ante la familia. Lo mejor era que me disfrazaba con todo lo que encontraba en los armarios. Arrastraba los vestidos subida en unos zapatos de tacón gigantes para mí, me pintaba los labios muy rojos y, con un lápiz negro, lunares como los que veía a las mujeres de la tele. Me plantaba delante de un espejo e inventaba dramas, muy intensa, o sonreía pícara. Y la mentira se convertía en realidad, ¡qué imaginación!

Además, me veía guapísima. Y es que me encantaba disfrazarme, ser Otra.

A mi hermano Daniel le regalaron un juego de magia: ¡qué tentación!. Ensayábamos los trucos y por las tardes hacíamos una función. Dani era el maestro; yo, su ayudante. A veces, los trucos no salían muy bien pero la puesta en escena era fantástica: ¡vestidos para la ocasión, la mesa, el tapete, la magia!

En la función de Navidad del colegio, y según fui creciendo, interpreté todos los personajes posibles, desde la pastorcilla con frase hasta la misma Virgen. Y también estaba en el coro: hacía segundas voces y tocaba los bongos con una alegría y un sentido del ritmo entusiasmantes. Era feliz. Además, los ensayos coincidían con horario de clase y… ¡claro, había que ensayar!

Mientras, tomaba clases de ballet. Hacíamos un Festival fin de Curso y, una vez más, yo estaba feliz y en mi salsa: en escena, vestida con aquellos tutús, bailando ante una audiencia divertida. Y mi yaya Lola siempre cuidándome y al rescate si algo se me olvidaba: ¡las zapatillas nuevas!

Sin darme cuenta, la actriz, la cantante, la bailarina, la maga… ya estaban ahí. Era feliz entre cajas, viendo las funciones de mi madre. Era feliz mezclándome entre la gente durante un rodaje de cine. La mentira era verdad y la verdad, mentira. Y eso me fascinó.

Debuté a las diez años con Pirandello y Tennessee Williams, siendo las niñas de Seis personaje en busca de autor y de Verano y Humo. Después de la pausa escolar razonable, decidí que era llegado el momento de poner toda mi energía en lo que más me gustaba. Un día la actriz Ana Marzoa me preguntó si quería ser “su hermana”: ella interpretaría a Antígona de Sófocles y yo sería Ismena. Me lancé de cabeza y debuté en el anfiteatro de Itálica. Y después los anfiteatros de Mérida y Sagunto. El magnetismo y la fuerza que emanaban aquellas piedras me enamoró para siempre.

Y mientras tanto, tomaba clases de danza contemporánea, interpretación, voz, inglés y todo lo que se me ocurría. Quería estudiar, quería aprender. Y empecé atrabajar, y a entender, función tras función, qué era esa magia del escenario.

La música rodeándolo todo. Y el jazz seduciéndome para siempre. Y empiezo a cantar y a hacer mis conciertos rodeada de músicos fabulosos. Y aprendiendo, aprendiendo siempre. Y me convierto en productora de mi primer disco, Colours. Y ahora cuento historias cantando. Aquella niña cambió la zarzuela por el Swing. Y sigo danzando en escena. Y lo pasamos en grande.

– Natalia Dicenta.

Introduce tu dirección de correo electrónico.